El amor después
- Maria Sol Salvo
- 4 ago 2022
- 18 Min. de lectura
Actualizado: 4 ago 2022
En memoria del amor que se tuvieron mi abuela Esther y mi abuelo Cacho,
que sembró la semilla de mi familia
y me acompañará siempre.
ㅡPapi, no quiero ser hincha pero tenés que salir un poco más, no te hace bien estar todo el día en casa encerrado.
ㅡAy Clau, no le rompas las pelotas… Es grande, sabe lo que hace.
ㅡBueno Natalia, yo lo digo porque estoy preocupada por él. Ya hace más de 5 años que mamá no está y es como si no hubiera pasado el tiempo.
ㅡBueno boluda pero no hay un tiempo exacto, cada uno hace el duelo como puede. Casi 50 años juntos estuvieron, es lógico que papá necesite tiempoㅡsusurra inquieta.
ㅡIgual yo le voy a decir lo que me parece porque es mi papá también y quiero verlo bien.
ㅡLo tratás como a Mauro, Claudia, no es tu hijo.
Mis hijas hablando de mí otra vez como si yo no estuviera. Ojo, entiendo que lo hacen con la mejor intención del mundo, pero no creo que me ayude mucho sinceramente. Ellas siguen discutiendo mientras yo me quedo pensando en lo que dijo la mayor. Cinco años desde que despedimos a Azucena. De a ratos me parece que fue ayer.... Me es difícil dimensionar el paso del tiempo a veces, sobre todo cuando el paso de los días lo marcaba una rutina que me hacía feliz. ¿Qué hay después de despedir al amor de tu vida?
Yo sé que hoy en día estamos poniendo en tela de juicio muchas cosas que antes era impensado. Algunas de ellas me las enseñó Natalia, mi hija más chica, y también hay otras que aprendo charlando con mis nietos. A mí, mi abuelo no me daba pelota, ni se me ocurría discutirle algo (sabía cuáles eran las consecuencias). Por eso siempre me prometí que si un nieto llegaba a mi vida, nunca iba a censurarlo. Escucharía sin subestimar todo aquello que me quisieran contar. Y, de hecho, eso es lo que hago hoy. No digo que sea fácil… a los 80 años uno está un poco fuera de época. Pero sí es verdad que me esfuerzo mucho, y de a poco voy aprendiendo cosas nuevas. Y no puedo quejarme, mis nietos comparten mucho tiempo conmigo. Me tienen paciencia. Mis vecinas se sorprenden de la frecuencia con la que se cruzan a los chicos entrando a casa, para merendar o almorzar conmigo. Pasamos por todos los temas, pero uno al que volvemos mucho es al de las parejas y cómo fueron cambiando a través del tiempo. Yo sé que hoy en día hay menos gente que se casa, y lo entiendo. En nuestra época la gente se casaba porque era lo que había que hacer, no quedaba otra. Yo ví compañeros de la escuela casarse con chicas que habían visto una o dos veces en su vida con tal de irse de su casa. Los mandatos no le hicieron buena prensa al casamiento y mucha gente se vio entre la espada y la pared. Pero ese no fue nuestro caso.
Azucena y yo nos conocimos en el baile que realizaba un club gallego en Zona Norte. Yo era bastante introvertido y no era mucho de salir a pachanguear. Pero una noche, mi amigo José que iba siempre me insistió para que lo acompañara. A mi me daba vergüenza bailar, así que me dediqué a observar. José, en cambio, era mucho más relajado y no tenía problema alguno para socializar. Salí a tomar un poco de aire, pero camino al baño me interceptó una mujer. Joven, hermosa, grácil. Se movía y parecía que flotaba. Me miró con unos ojos negros que calaron profundo dentro mío y aún hoy recuerdo lo que me dijo. Fue más o menos así:
ㅡDisculpe que lo moleste. Por favor, finja que nos conocemos y estamos manteniendo una conversación. No soy una colifaㅡ se ríeㅡ, mi nombre es Azucena.
Yo estaba atónito. Ni una palabra me salía. ¿Cuáles eran las chances de que una mujer así se acerque a uno de esa forma?
ㅡEs que hay un muchacho que trabaja en la empresa de mi padre y hace tiempo insiste en sacarme a bailarㅡcontinúaㅡ, realmente no me interesa y me pone muy incómoda. ¿Su nombre?
ㅡCiroㅡ balbuceé.
ㅡ¿Solo Ciro?ㅡ me responde, divertida.
ㅡCiro Peña.
ㅡUn gusto Ciro Peña. ¿Puede decirme si el señor de traje beige se fue?
Yo demoré unos segundos. El hombre se había ido, pero yo quería seguir conversando con ella.
ㅡAún no ㅡmentíㅡ. Me llama la atención el nombre Azucena, es la primera vez que lo escucho.
ㅡMis padres me nombraron como mi tía materna. Ella vive aún en España, nunca quiso venir para acá. Es un nombre muy común allá, pero si le soy sincera, nunca me gustó mucho. Siempre quise llamarme Alicia o Esther, como mi amiga, pero ya ve… es el nombre que me tocó.
ㅡBueno, a mi me parece un nombre precioso.
Azucena se sonrojó. De alguna forma me permití soñar que yo también le parecía atractivo.
ㅡ¿Usted viene siempre por estos lados?
ㅡSí, me trae mi papá. Algo me dice que me quiere encontrar pretendienteㅡ revoleó los ojos, notablemente molesta.
ㅡTengo que irme, Ciro. Pero fue realmente un gusto conocerlo ㅡse volteó para irse, pero antes me dijoㅡ Si le pareció lo mismo, lo espero el próximo sábado en la estación de Olivos a las 4 de la tarde. Si no va, comprenderé sin rencores que no comparte mi sentimientoㅡ largó una risita discreta y se fue. A lo lejos, un señor mayor -quien luego fuera mi suegro- me escudriñó con cara de pocos amigos.
El paso del tiempo es relativo. Así como no entiendo que hayan pasado cinco años desde que enviudé, esa semana se me hizo eterna. Desde ese sábado en que la conocí, todos los días pensé en Azucena. Todos y cada uno de los días durante más de 50 años.
¿Cómo resumirles todo lo vivido juntos? Por supuesto que ese día fui a la estación. Salimos a caminar y tomamos un helado. Azucena hablaba mucho, y todo lo que decía me parecía interesante. Era la menor de tres hermanos, le gustaba cocinar pero también escribir. Tenía mucha imaginación y me hipnotizaba con sus historias. Quería tener dos hijos, pero todavía no. Yo vivía en Capital y ella con sus padres en San Isidro. A mi no me importaba viajar, si hubiera vivido en la otra punta de la provincia yo hubiera hecho el viaje sin quejarme. Su papá tenía una fábrica textil y le iba muy bien. Yo era un tipo que me esforzaba mucho, trabajé desde muy joven y ayudé a mi familia siempre. Pero a los ojos de mi suegro era un simple obrero, y su hija merecía más.
Sin embargo, el hecho de que le prohibiera a Azucena juntarse conmigo nunca fue un obstáculo para nosotros. Con ayuda de su amiga Esther, lográbamos burlar la cuasi-permanente custodia que ejercía su madre, haciendo caso a Don Manuel.
ㅡYa se le va a pasar, mi vida. No puede hacerte la guerra por siempreㅡ me decía Azucena cada vez que nos veíamos.
Hasta que un día, en una de nuestras típicas caminatas, la noté nerviosa. Estaba como abstraída de la conversación. Me llamó mucho la atención, y le pregunté qué le pasaba. Cuando levantó sus ojos, vi que los tenía vidriosos. Sutilmente le hice una caricia con la mano y a ella se le escapó una lágrima:
ㅡMi papá se enteró que nos vemos a escondidas. Me dijo que no va a permitir que estemos juntos.
ㅡBueno, amor, le vamos a buscar la vuelta. No te angusties así.
ㅡMe dijo que me va a mandar a España.
Empecé a hiperventilar. No entendía cómo una persona podía ser tan prejuiciosa, ¿qué le hice yo a ese hombre para que me odie tanto? Al día de hoy no lo comprendo. Azucena me miraba acongojada, esperando mi respuesta. Pero yo estaba duro. No sabía qué hacer ni qué decir. No podía pedirle que deje todo por mí, su familia, su casa, su vida lujosa. Pero no podía separarme de ella tampoco.
ㅡ¿Qué querés hacer?
ㅡ¿Todavía me lo tenés que preguntar, Ciro? A mí no me separa de vos ni la policía.
ㅡPero… ¿cómo vamos a hacer?
ㅡNo sé cómo, pero lo vamos a resolver. Yo no me voy a ningún lado sin vos.
Ese día tomamos la decisión de priorizar nuestro amor. Algo nos decía que iba a valer la pena, y pucha si lo valió. Nos casamos casi inmediatamente. No teníamos un mango, pero celebramos en la pizzería de la familia de José con nuestros amigos, mis padres y los hermanos de Azu. A pesar de estar invitados, mis suegros no asistieron. Pero nada empañó ese día: empezaba el resto de nuestra vida. Juntos.
Como dije, no estábamos sobrados de dinero. Mientras Azucena buscaba trabajo, empezamos a construir una casita en el fondo de la casa de mis papás. De a poquito y con esfuerzo pusimos ladrillo sobre ladrillo. Mi familia siempre nos apoyó y nos dio lo que tenía para que pudiéramos instalarnos lo antes posible. Cuando nos mudamos, ni cortinas teníamos. No nos importaba. Estábamos construyendo un hogar, y un hogar no se construye en un día.
Cuando mi esposa consiguió trabajo, empezamos a dividirnos las tareas de la casa. Era la única forma de poder tener todo en orden. Jamás me molestó, nuestra convivencia se dio de forma muy natural. Fuimos forjando una vida de dos muy armónica. Éramos tan felices. Ambos queríamos hijos pero habíamos decidido esperar un poco para juntar algunos pesos y terminar la casa antes. Mientras tanto, nos reuníamos todo el tiempo con amigos y disfrutábamos de tomar mate en la cama hasta tarde los domingos.
En nuestro quinto aniversario de casados le compré a Azu un ramo de rosas. Era un poco costoso, pero las flores favoritas de mi esposa lo merecían. Sin embargo, ella tenía preparado un regalo aún mejor: estaba embarazada. Íbamos a ser padres. La mujer más hermosa, a la que amaba con locura, llevaba en su vientre la mezcla de los dos. Una síntesis de nuestro amor. Y yo creía que era feliz… ¿Cómo explicar lo que sentí el día que nació Claudia? Pensé que no podía caber más amor en el cuerpo de un hombre, pero años después nació Natalia y descubrí que el corazón puede agrandarse hasta niveles inimaginables.
Tuve una compañera maravillosa y una familia hermosa. Con Azucena compartimos los días y la crianza de nuestras hijas con ternura inconmensurable. Nos respetamos como pareja y como padres. No lo hacíamos delante de las chicas, pero discutíamos, claro. Sin embargo, rápidamente llegaba la calma. Nos turnábamos para ceder con caricias y besos. Vimos a nuestras hijas crecer, independizarse. Claudia se casó con el hijo de Esther, la mejor amiga de Azucena. Las vueltas de la vida. Natalia se enamoró de su compañera de banco de la escuela. No niego que me costó amigarme con la idea de que a mi hija le gustaran las mujeres. Necesité un poco de tiempo. Cosa que no le sucedió a Azucena. Yo creo que ella lo supo antes que Natalia. Con dulzura y paciencia, mi esposa me ayudó a abrir la cabeza y el corazón. Me quedó corto el tiempo compartido para agradecerle sus palabras y el hecho de que mi hija no haya tenido que alejarse de este padre anticuado:
ㅡ¿Cómo fue saber que mi papá no aprobaba nuestra relación?ㅡ sus preguntas eran retóricas y me las lanzaba directo al corazónㅡ ¿Te parecía justo? ¿No te hubiera gustado contar con su apoyo?
ㅡClaro que me hubiera gustado contar con su apoyoㅡ la interrumpí.
ㅡ¿Te gustaría que Natalia se aleje de nosotros como tuve que alejarme yo de mis padres?
Se me hizo un nudo en el estómago. Siempre amé a mis hijas más que a nada. Me faltaba el aire de solo imaginarme que ellas podrían enojarse conmigo de ese modo tan rotundo. Ese baldazo era el que necesitaba, ella lo sabía. Y no fue la única vez, Azucena siempre tuvo las palabras justas para hacerme reflexionar. Me conocía de memoria, con mis fortalezas y mis limitaciones. Y me impulsaba constantemente a ser mejor persona: ”Siempre se puede mejorar”, me decía. Al día de hoy sigo repitiendo su mantra.
Cuando nuestras hijas dejaron el nido, tuvimos miedo de que tanto tiempo solos perjudicara la convivencia. Lo charlamos y la ansiedad se desvaneció. Con el tiempo, nos volvimos a descubrir en otro rol. Veíamos películas en la cama, salíamos a pasear con nuestros nietos, íbamos a bailar salsa al club de los jubilados y nos dormíamos sin poner el despertador. El que primero se levantaba, traía mate a la cama. Y así nos pasábamos los días, disfrutando de la compañía del otro y permitiéndonos también espacios de soledad. Cada día me despertaba agradeciendo a Dios por haber estado en el Centro Lucense esa noche.
En diciembre de 2016 estábamos en medio de los preparativos de nuestras bodas de oro. Nuestras hijas, obsesivas de los detalles, habían tomado la posta del festejo: el catering, el salón, los invitados, todo. Eran las únicas que sabían que íbamos a renovar nuestros votos en una ceremonia íntima organizada por Nicole y Mauro, el resto iba a tener que deleitarse con la sorpresa.
La comida, un bandejeo de cositas frías y calientes. La decoración, sencilla, a tono con nuestras vestimentas. Mi esposa eligió un vestido color hueso, con cola. Bien de novia. Precioso. Recuerdo el día que me contó sobre su elección, yo estaba en la cocina tomando mate cuando me dijo:
ㅡ¿Qué opinás si te digo que quiero ir de blanco para la fiesta?
ㅡ¿De blanco?ㅡ me tomó por sorpresa y la miré confundido.
ㅡBueno, si me vas a poner esa cara no.
ㅡBueno mi amor, disculpame. Pensé que ya habíamos decidido que íbamos engamados en bordó, por eso me sorprende.
ㅡSí, ya sé. Pero pienso que hoy tengo la posibilidad de usar el vestido blanco que siempre soñé…
No pudo usar el vestido porque no podíamos afrontarlo, no teníamos un peso cuando nos casamos. En ese momento, se me llenaron los ojos de lágrimas. En un segundo, me la imaginé entrando de blanco a la pizzería de la familia de José (que ya llevaba unos años cerrada en ese entonces). Con la elegancia y la dulzura que la caracterizaron siempre. No lo dudé un segundo más:
ㅡMe parece perfecto, Azu.
ㅡ¿No voy a parecer una vieja loca? ㅡ se ríe. Automáticamente me contagia la risa.
ㅡNunca mi reina, vos sos como el buen vino.
ㅡAy, callate Ciro donjuánㅡ me chista, mientras me da un beso en la mejilla.
Un tiempo después de esa conversación, y varias pruebas de por medio, las chicas nos trajeron la ropa. Mi traje, bien tradicional, con la corbata a tono con el vestido de Azucena. El vestido de Azu, impoluto. Faltaba poco más de un mes para el festejo de nuestras bodas de oro y ya estaba todo listo. Miré varias veces la ropa colgada en el placard, aguardando el gran día. Entonces se me ocurrió una idea.
Aproveché que mi esposa se había juntado a jugar a las cartas con “las chicas” y me dispuse a preparar una velada romántica. Amasé y cociné pizza casera, la comida con la que festejamos en nuestro casamiento, y puse un vinito blanco a enfriar. Hay quien dice que el vino y la pizza no combinan. Yo digo que no entienden nada. Aparte, a Azucena no le gustaba la cerveza y yo la quería agasajar. Fui ubicando cuánta vela encontré en la mesa y en los muebles del comedor. Quedó bastante bien, a pesar de que nunca fui yo el de la elegancia. Todos los asuntos estéticos los manejó siempre Azucena.
Nicole, la hija menor de Claudia, es mi cómplice y maestra en todo este mundo incomprensible de la tecnología. Vino a casa unas horas antes para ayudarme a preparar la música. Armó una “lista”, que es algo así como un compilado de canciones, con todo lo que le gusta a Azucena: Manzano, Heleno, Leonardo Favio... Incluyó también las canciones que sonaban de fondo en el Lucense la noche que nos conocimos. Obviamente todo bajo mis indicaciones precisas, de más está decir que este repertorio era completamente desconocido para mi joven nieta. Lo puso en la televisión, miró su celular y me dijo:
ㅡAbuelo, me voy que mamá está afuera. Cuando escuches que llega la abuela solo tenés que tocar acáㅡ señalando un botoncito redondo que dice “OK”.
ㅡGracias, cielo.
ㅡ¡Después contame cómo sale todo!
ㅡClaro, mañana te llamo. Saludos a tu hermano.
Cerré la puerta y fui derecho a la habitación. Me puse el traje que mis hijas mandaron a hacer para el aniversario. Me costó un poco abrocharme los botones de las muñecas, pero lo logré minutos antes de que llegue Azucena. Después agarré su vestido, que estaba en una bolsa negra larga, y lo dejé sobre la cama. Luego, con cuidado, saqué las sandalias color beige de la caja y las apoyé en el suelo. Corrí al comedor -bueno, caminé lo más rápido que pude- y prendí todas las velas. Justo en ese momento, escucho el tintineo de las llaves intentando abrir la puerta. Toco “OK” y la música predilecta de mi esposa empieza a salir de la televisión como por arte de magia, de la magia de Nicole.
Me paré derechito y la recibí con una sonrisa. Me miró muy sorprendida, pero también divertida.
ㅡ¿Y esto? ¿Qué hacés con el traje, Ciro?
ㅡEn un mes vamos a estar celebrando con toda nuestra familia, y eso me hace feliz. Pero también me gustaría que tengamos una noche solo de los dos para festejar. Te propongo que te pongas tu vestido y me encuentres en el comedor para compartir una noche especial, si no va, comprenderé sin rencores que no comparte mi sentimiento.
Mi esposa entendió al instante el guiño que hice a la frase que ella utilizó para robarme el corazón. Se le llenaron los ojos de lágrimas y se fue prácticamente trotando a la habitación.
En el tiempo que tardó, me sudaban las manos. Sí, como si fuera un adolescente. A los diez minutos, mi esposa sale de la habitación hecha una reina. Se había colocado un gancho plateado en el pelo, unas sandalias y un vestido blanco que le quedaba pintado. Yo me quedé sin palabras, igual que la noche que la conocí. No encontraba la forma de hacerle entender tanto amor que sentía por ella. Todo lo que vivimos se me venía a la cabeza como un álbum de fotos.
ㅡBueno, señor chef, ¿cuál es el menú de hoy?
ㅡPizza, por supuesto. Con la receta que tanto te gusta. Y de postre…
ㅡ¿Helado?
ㅡClaro, helado, como en nuestra primera cita.
ㅡEs el menú perfecto Cirito, es todo perfectoㅡ me dijo, mirándome con ojos de enamorada aun después de tantos años. Nadie nunca me había mirado así, y nadie lo iba a volver a hacer.
Le coloqué suavemente un repasador en el escote, no sea cosa que se manche ese vestido tan precioso -y nuestras hijas nos maten-. Comimos, bebimos y reímos toda la noche. Mientras levantaba los platos, escuché que Azucena empujó la mesa despejando “la pista”. Se puso en el centro del comedor y me hizo un ademán con las manos, para que me una a ella. Bailamos suavemente al son de una balada lenta y al finalizar, nos fuimos a la habitación. No sin antes dejar la ropa bien colgada y guardada para el gran día. Nos fuimos a lavar los dientes al mismo tiempo, como los ansiosos que siempre fuimos, y nos fuimos a acostar.
Unos días después de nuestro festejo secreto, me levanté primero. Fui a preparar el mate haciendo el menor ruido posible. Mientras se calentaba el agua, volví a la habitación para ir despertando de a poco a Azucena. Pero cuando me acerqué a besarle la frente, me dí cuenta de que no se movía. No estaba respirando. No voy a detenerme en detalles escabrosos, porque quiero que este relato, este manifiesto de nuestro amor, llegue a manos de mis nietos algún día. Sólo puedo decir que aún no me borro la imagen de la cabeza después de cinco años, y no me borro la sensación de tristeza que me invadió en ese momento. Nunca más iba a encontrar unos ojos que puedan mirarme con tanto amor y nunca más iba a encontrar una compañía como la que me dió mi esposa.
Lo que sigue, lo podrán adivinar. Mi yerno y mi nuera se encargaron de cancelar el evento y poner al tanto a toda la familia y amigos de lo sucedido. Mis nietos y mis hijas no se despegaron de mí en mucho tiempo. Me ofrecieron irme a vivir con ellos, pero yo no podía irme de ahí. Las sábanas tenían su olor, y su olor era para mí el sinónimo de hogar.
Me costó mucho levantar la cabeza los meses posteriores a esa mañana. Por suerte mis nietos son maestros de la distracción y me ayudaron muchísimo todo este tiempo. Pero volvemos al principio: ya van cinco años desde que despedimos a Azucena, y puedo contar con los dedos de las manos las veces que salí de casa (sin contar los médicos). Una frase me trae de nuevo a la conversación de mis hijas:
ㅡQuizás estaría bueno que le cuentes, Nati. Eso puede hacerle bien.
ㅡNo quiero meterle presión.
ㅡ¿Meterme presión con qué? ¿Qué pasa Nati? No me asustes.
ㅡBueno, no conté nada antes porque no lo quería quemar, pero parece que nos salieron finalmente los papeles. Por fin nos van a dar la adopción plena de Bruno.
Natalia y Lorena están intentando adoptar a Bruno desde que es un bebé, pero la burocracia es una locura. Seguro que han escuchado hablar de este tema. Hoy, después de casi cinco años acaban de recibir la noticia de que por fin será reconocido como su hijo. Me pongo a llorar.
ㅡNo llores papi, es una linda noticia
ㅡ¡Claro que lo es! ¡Lloro de contento! ㅡ le digo mientras la abrazoㅡ Me hacen muy feliz, hija.
Las chicas me corresponden en la emoción.
ㅡTe prometo que Bruno va a conocer a un abuelo contento, que voy a empezar a salir a caminar, voy a ir a bailar salsa, voy a …
ㅡBueno papi, de a poco ㅡ me interrumpe Claudiaㅡ, me hace feliz lo que estás diciendo, pero queremos que te lo tomes con soda.
ㅡTal cual pa, fue mucho el tiempo que pasaste encerrado acáㅡ retruca Natalia.
ㅡPensamos que podés arrancar por darte una vuelta por el centro de jubilados. Estuvimos charlando con Pablo y la verdad es que Esther cada vez que la vemos pregunta cómo estás. Quizás podés ir a tomar unos mates con ella, ponerse al día.
Esther, mi consuegra y amiga tan querida por Azucena. Juan, -su esposo y padre de mi yerno- falleció hace casi dos años ya, y nunca tuve la fortaleza de ir a visitarla. La llamé para darle el pésame, pero su voz me trajo tantos recuerdos de mi esposa que no me atreví a verla. Siempre fuimos tan compinches los cuatro: íbamos al cine, al teatro y hasta escapadas hacíamos. Compartimos tantas cosas que no supe cómo recomponer la relación. No estuve bien, creo que por lo menos debí explicarle a Esther. Sin embargo, de algún modo, siento que ella lo comprende.
Decidí tomar el consejo de mis hijas y unos días después acá estoy. Me propuse caminar con paciencia las cinco cuadras que separan mi casa del centro de jubilados. Vengo tomando aire y parando cada tanto, mientras chusmeo cómo fueron cambiando las fachadas de algunas casas vecinas. De pronto me topo con la entrada.
Todos los fantasmas que tenía en la cabeza respecto a volver a un lugar en el que fui tan feliz con mi compañera, se van disipando a medida que un montón de caras amigas se acercan a saludarme. Cacho, el Negro, Lucía, Sarino… tantos recuerdos se me vienen a la cabeza. Los abrazos no tardaron en llegar y la calidez empieza a inundar mi pecho.
ㅡ¡Flaca, mirá quién apareció!ㅡ grita Cacho, agitando el mate con un entusiasmo arrollador.
Segundos más tarde veo aparecer a Esther, bastón en mano. Una sonrisa iluminó el rostro de mi amiga. ¿Cómo fue que me alejé de todo este cariño? ¿Cómo pude haber dejado sola a Esther en el momento más difícil de su vida?
ㅡCiro, amigo queridoㅡ me susurró mientras me abrazaba. En su voz no había reclamos, no había preguntas. Había alivio. Había alegría.
ㅡEsther, te pido discul…ㅡ intento balbucear.
ㅡNi se te ocurra pedirme perdónㅡ me interrumpeㅡ, no tenés que explicarme nada. Si hay alguien que puede entender la tristeza que te agarró, soy yo.
ㅡChicos, los dejamos ponerse al día. Después te esperamos para jugar un truquito Cirito, si es que no estás muy oxidadoㅡ me desafía el Negro.
ㅡQuedate tranquilo que te sigo teniendo de hijo, Negritoㅡ me defiendoㅡ, en un rato los alcanzo.
Salimos al patio y nos sentamos en una mesita de piedra, donde más de una vez supimos pasarnos las tardes jugando a la baraja o sacándole el cuero a alguno.
ㅡYo te quiero explicar, Esthercita, por qué nunca te fui a ver…
ㅡCiro, ya te dije, no hace falta. Mucho menos cuando yo pasé por lo mismo hace poco tiempo. Cuando uno tiene un compañero de vida como los que tuvimos vos y yo, es muy difícil sobreponerse a esa pérdida.
ㅡY yo te dejé sola…
ㅡNo estaba sola. Estaba con tu hija hermosa, con mi hijo, con los nietos preciosos que compartimos. Vos hiciste lo que pudiste, y yo siempre lo entendí. Lo que sí, hay algo que me dio mucha pena…ㅡ hace una pausa.
ㅡDecime, por favor.
ㅡLa pérdida de Azucena para mí fue, hasta que pasó lo de Juan, lo más doloroso que tuve que atravesar. E incluso, habiendo pasado lo de Juan, el dolor por haber perdido a mi confidente y hermana de la vida fue una pérdida irreparable. No existen recuerdos sin ella. Y creo, quizás, que yo pude haberte entendido. Pude haberte acompañado estos años, y me apena mucho no haberlo podido hacer.
ㅡPero yo no te lo permití, me aislé del mundo…
ㅡBueno, pero quizás yo debería haber sido más insistente. Tendría que haberte hecho sentir que estaba tan angustiada como vos y quizás juntos podríamos haber procesado todo esto, no sé si más rápido, pero por lo menos acompañados por alguien que entendía lo que estábamos sintiendo…
Me quedo helado. Por no haber querido ser una carga para la gente que me rodea, caigo en la cuenta que les robé a mis hijas y amigos transitar la tristeza conmigo. Y a Esther, una amiga tan querida que siempre fue la hermana del corazón de Azucena, la alejé, le negué la posibilidad de abrazarnos y salir juntos adelante. Después de todo, ella era la única que había compartido con Azu más años que yo. Es quien la vio crecer, la acompañó en todo momento y la apoyó en cada decisión, sin miramientos.
ㅡBasta, Ciroㅡ interrumpe mi espiral de arrepentimiento como si me leyera la menteㅡ. Siempre fuiste muy duro con vos mismo, deja de reprocharte tanto. Hiciste lo que pudiste, y yo también. Aprovechemos los momentos que nos queden a partir de ahora, que no nos estamos haciendo más jóvenesㅡ me dice entre sonrisas.
El resto de la tarde nos la pasamos recordando anécdotas con los muchachos, jugando al truco y tomando mate. Cuando empieza a caer la noche, decidimos de forma unánime que es hora de volver a casa. Una sensación de alivio me embarga. Me siento… liviano. A Azucena la voy a extrañar hasta el día que me muera, pero el tiempo que me queda lo quiero pasar así. Quiero que mis hijas me vean bien, que mis nietos disfruten mi compañía. Pero por sobre todo, quiero sentirme como me sentí hoy: en paz y agradecido. Agradecido por mi familia, por mis amigos del alma y por mi esposa, con quien compartí la paternidad y la vida. Agradecido por Natalia y Claudia. Por Nicole, Mauro y Bruno. Por haber podido celebrar en secreto, como adolescentes, nuestros 50 años de amor con Azucena. Agradecer y compartir. Esto es lo que hay después. De golpe siento que sale el sol.
ㅡNos vemos mañana, ¿no?ㅡ me grita Esther mientras nos despedimos en la puerta.
ㅡNos vemos mañana, amiga.
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