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Domingo gris

  • Foto del escritor: Maria Sol Salvo
    Maria Sol Salvo
  • 14 feb 2022
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 19 abr 2022


Me encuentro hipnotizada mirando la ventana en el que podría ser el domingo más deprimente en muchísimo tiempo. ¿Cuál ganará? ¿cuál ganará de las dos gotas de lluvia que bajan rápidamente por el vidrio helado de mi habitación? Suena el teléfono y no quiero atender, pero atiendo. Y la voz que escucho me rompe el corazón.

Después de dos años sin ver a mi ex, el jueves salimos a comer. Una cosa llevó a la otra y los consejos de mis amigas se ahogaron en la segunda botella de vino mendocino que descorchó sentado en la alfombra que yo le regalé. Se sentía todo tan familiar que por unos minutos mi mente suprimió todas las heridas que me había causado. Que me había causado él, y que me había causado yo al estar con él. Volvimos a dormir juntos. Yo lo deseaba, yo quería que pasara… y sin embargo no me hizo feliz. No salió como lo había fantaseado más de cien veces en mi cabeza.

Él cayó rendido en menos de diez minutos y yo no pude pegar un ojo. Siempre admiré esa rapidez que tiene para dormirse. Entonces lo miré y me agarró un dolor muy profundo en la boca del estómago. Me dí cuenta que me metí sola en un callejón sin salida: si tomábamos la decisión de volver, iba a sufrir; y si no nos veíamos más, también.

Me vestí y volví a casa con una sensación horrible. No lo desperté y él ni se enteró que me fui.

Abrí la puerta y mi perra no vino a saludarme. Me miraba desde su cama confundida, como si no me esperara esa noche. O quizás lo imaginé. Eran las cinco de la mañana. Me tomé un café, esta vez sin edulcorante. Me bañé y fui a trabajar en piloto automático. Y del mismo modo transcurrió el resto del día.

A las siete de la tarde llegué a casa y dormí doce horas. De corrido. Hace años que no dormía tantas horas. El resto del sábado lo pasé en pijama viendo Friends por décima vez. Recitando los diálogos de memoria y comiendo helado. No quería hablar con nadie, ni siquiera con él. ¿Qué le iba a decir? Ni yo sabía lo que me pasaba.

Entonces llegó el domingo, inaugurado por un diluvio. Un fin de semana en pausa. No puedo seguir así. Si no me habla le voy a tener que hablar yo. No sé qué quiero que me diga… no sé qué decirle. Quizás él sí sabe. Quizás es mejor que él decida por los dos. Me río en silencio al pensar el colapso que le daría a mi psicóloga si me escuchara decir eso.

La lluvia empieza a golpear mi ventana. Empiezo a mirar dos gotas que bajan rápidamente contra el vidrio. ¿Cuál ganará? Suena el teléfono y aunque no quiera atender, atiendo. “No nos hagamos más daño” me dice. Y me perdí las gotas. Y me perdí.

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