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VAGABUNDEANDO POR CAPITAL

  • Foto del escritor: Maria Sol Salvo
    Maria Sol Salvo
  • 14 feb 2022
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 30 may 2022


Crónica de una vuelta a casa

Estoy saliendo de la casa de mi amiga Matilde, ya que vine a almorzar como tantos lunes. Estoy aprovechando el tiempo que me queda para compartir con ella porque se muda a Córdoba a partir del próximo cuatrimestre y la verdad es que la voy a extrañar. Voy a intentar pensar en otra cosa porque me deprime un poco la situación, así que voy a prestar atención a estas calles que tantas veces caminé pero a las que nunca le doy mucha bola porque estoy apurada (o algo así). Salgo del departamento de Muñiz entre Avenida Independencia y México y me freno porque me doy cuenta que nunca supe exactamente si estoy en Almagro, Caballito o Boedo. No sé, nunca me quedó claro, igual que en mi vecindario: en menos de cinco cuadras pasas de estar en San Andrés a Carapachay o Munro. Carapachay y Munro, justo dos estaciones del Belgrano… hablando de estaciones mejor sigo caminando porque ya son las 15.05 y me queda un buen trecho hasta Retiro, y no quiero perder el tren de las 16.00. Sigo, y mientras esquivo las baldosas rotas, paso por un estacionamiento con tres pisos repletos de autos, no vi la tarifa por hora pero seguro que debe salir unos buenos mangos ¿$50? ¿100? Ni idea. La sirena de la ambulancia y el olor a basura del camión recolector me sacan del trance: llegué a Independencia. Mientras espero el semáforo en la vereda puedo mirar los vehículos que pasan a toda velocidad por la avenida. Camionetas destartaladas, un colectivo de escolares, un chico en moto con una caja atrás que seguro trabajaba de repartidor de algo. Los chicos que trabajan en los delivery tienen que tener una muy buena ubicación… seguro que él me podría decir si estoy en Almagro, Caballito o Boedo. Mmm… habré tardado un par de segundos pensando en el repartidor porque levanto la cabeza y no lo veo. Cruzo Independencia y llego a una vidriería, a ésta si le presté atención anteriormente. Venden un montón de chucherías y adornitos que son, por lo general, el regalo perfecto para hacerle a otro pero que nunca compramos para nosotros mismos. ”No Sol, no podés gastar en estas pavadas” me convenzo y sigo caminando. Paso por una obra en construcción y tengo que bajar a la calle porque la vereda está llena de escombros y me dispongo a cruzar Estados Unidos. Cruzar Estados Unidos, que fiaca, no tiene semáforos y pareciera que los autos emergen manera infinita además olvidate que te cedan el paso. Cuento ya el tercer contenedor de basura en dos cuadras, tienen la altura de la calle y no podes correrlo de lugar, bah eso me dijo mi amiga Matilde que por ahora vive en Capital… dale, otra vez con lo de Matilde. Sacudo la cabeza como si quisiera sacarme una mosca de encima y mejor me abrocho el saco porque los edificios son tan altos que tapan el sol y me agarra frío. Ya estoy en Carlos Calvo, y eso lo sé porque es la misma calle de la esquina de la facu, porque en realidad no hay cartel de señalización en la esquina. Una señora mayor muy apurada con un carrito lleno de mercadería casi me lleva puesta, seguro que venía pensando en algo igual que yo: quizás en que no hay cartel en la esquina o en que alguna amiga se va a vivir a otra ciudad. Paso por el costado a una mujer joven con una nena de unos dos años en brazos, vestida toda de rosa y lila… tan típico. A veces pienso ¿si hubiera sido al revés? ¿Si nos hubieran inculcado que las nenas tenían que usar celeste y los varones de rosa? La gente no se da cuenta de que eso fue una idea que se le ocurrió a alguien vaya uno a saber hace cuanto tiempo y luego se transmitió culturalmente, pero podría haber sido al revés tranquilamente. Llegando al Pasaje de Bidegain veo el cartel de señalización de la esquina de Muñiz y Carlos Calvo tirado en la vereda ¿Cómo llegó esto acá? No creo que haya sido la tormenta porque es enorme el cartel y parece pesado. Levanto la vista y pegado a un árbol, encuentro dos notitas. La primera dice: “¡Llevate la caca de tu perro! Gracias. ¡Acá tenés bolsas! Sé un buen vecino.” Y al lado una botella de plástico con bolsas de nylon. Pobres vecinos, ya deben estar hartos de la gente que no levanta la caca de sus mascotas. Debajo de esa, otra notita: “¡Estas plantas tienen dueños que las cuidan! Si querés una no dudes en pedirla. ¡Pero por favor no te las lleves, es muy feo llegar y ver que no están! GRACIAS. El cantero de Muñiz”. Se me ocurre pedir permiso y me agarro un tallito que estaba caído al costado para traerme a casa, como símbolo o recuerdo que se yo. Llego a la Avenida San Juan y me dirijo a la boca de la estación Av. La Plata del subte E. Bajo las escaleras, paso la sube por el molinete y me paro del lado del andén de los trenes que van a Bolívar. ¡Quiero estar en casa ya! Y todavía me queda combinar con el subte C hasta Retiro, tomarme el Belgrano hasta Munro y tomarme el último transporte para llegar a casa. Es más el tiempo que espero el colectivo que lo que paso arriba, pienso mientras miro fijo un anuncio gigante de Coca Cola. Pero bueno, tampoco me apetece caminar las quince cuadras. El sonido de los frenos del subte me devuelve a la realidad y dos chicos con guardapolvo que deben venir del colegio, una chica que parece ser enfermera y yo, nos disponemos a entrar por la misma puerta. Los dejo pasar, a ellos y a una persona agitada por venir corriendo, es la mujer con la nena de rosa y lila que tardó un poco más que yo en llegar, supongo que por llevar a la hija a upa. Justo las 15.35, si tengo suerte y no tarda el subte C llego para el tren de las 16.00.


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