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Está bien estar triste (a veces)

  • Foto del escritor: Maria Sol Salvo
    Maria Sol Salvo
  • 27 jun 2022
  • 3 Min. de lectura

Disclaimer: Este texto no tiene intención de dar cátedra de nada. Lo escribí para mí, porque necesitaba leerlo, y se me ocurrió subirlo por si -de casualidad- vos también.

Está bien estar triste (a veces)

Está bien estar cansada. No siempre las cosas salen como una espera. No siempre una tiene la energía de un huracán. ¿Cuántas veces nos dijeron que no estemos tristes, pensando que nos estaban haciendo un bien? Está bien estar triste. A veces.

Si no transitamos la tristeza se vuelve una pelota cada vez más grande, que primero empieza a raspar la garganta. Luego nos oprime. Te das cuenta porque no podés hablar de lo que te pasa sin llorar, entonces preferís no hacerlo. Si no lo digo en voz alta, si no confieso mi dolor ante otros, entonces no existe. No me duele.

El problema es que duele, duele igual. Aunque piense que la angustia desaparece, la pelota sigue creciendo y entonces empieza a bajar al estómago. Y ahí el dolor es inevitable, físico, irrefrenable. No desapareció de la garganta, todavía quema ahí. Pero ahora además llegó a las entrañas y te da ganas de encapsularte en tu burbuja y no salir. Y no dejar a nadie entrar.

Pero este no es un mensaje de desesperanza, todo lo contrario. Sucede que hay una forma de empezar a disolver la pelota de la tristeza. No es matemática, claro, estamos hablando de sentimientos. Pero resulta que si uno/a está atento hay cosas que nos pueden ayudar. Quizás alguna persona -si tenés suerte, más de una- que como si tuviera visión de rayos X detecta esa pelota transparente, entonces te ofrece un abrazo. Y si te permitís recibirlo te darás cuenta que la pelota empieza a desintegrarse. Y un día, empezás a poder hablar sobre lo que te duele, sobre lo que sea que te esté tocando transitar. Y cuando lo decís, te das cuenta que eso que te aqueja tiene, paulatinamente, menos poder que antes. Entonces empezás a descubrir que nada puede evitarte la tristeza, pero sí hay personas, hay terapias, hay hobbies, hay herramientas que te van a permitir atravesarlas de la forma más saludable posible. Y te darás cuenta, después de un tiempo, que la pelota se vuelve un puntito. Y el puntito deja de doler. Tampoco te voy a decir que desaparece, porque, por lo menos por un tiempo, es probable que siga estando presente. Ese puntito nos constituye y escribe nuestra historia tanto como lo hacen nuestros recuerdos felices. Pero ya no te paraliza. Y la única forma de llegar a ese momento es permitiéndote transitar la tristeza.

No todo es color de rosa. Es ridículo tener miedo de llorar. Llorar a veces cura, llorar limpia. Despeja. La tristeza negada puede ser baldío árido donde todo perece. Negar la tristeza es darle el permiso para que nos consuma. Aceptar la tristeza no es resignarse. La tristeza caminada, desanudada y eyectada puede ser una oportunidad de libertad. También de transformación. Cuesta trabajo e introspección, ojo, no es una pavada. Se necesitan abrazos, paciencia, charlas y fundamentalmente comprender que está bien pedir ayuda si es necesario, si el alma lo pide. De una tristeza transitada incluso puede surgir un aprendizaje o la oportunidad de revalorizar lo que uno tiene. O quizás un foco de creatividad…

Estos días -me confieso- estoy triste, pero estoy haciendo lo posible por achicar mi pelota. Me estoy esforzando, pero también estoy siendo tolerante conmigo misma, porque estoy triste. Y, a veces, está bien estar triste. Y aceptarse triste. Porque la tristeza es parte del camino y no abrazarla también es negar una parte de uno mismo…¿Cómo se puede estar bien negando una parte de uno mismo? A veces, está bien estar triste.



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